las callejuelas, errante en el tiempo sin agujas.
Una fría mañana de agosto. El agua tenue que caía del cielo
asomaba apenas como una llovizna tímida.
En cuclillas se acurrucó a observar las nubes espesas. Las cruces
dejaban correr el agua de lluvia acumulada por las frías lápidas que
erguidas se elevaban entre los montones de piedras y montañas de
tierra blanda. De vez en cuando un ave revoloteaba y se posaba
sobre alguna cruz de madera, mirando al viento y elevándose hacia
el horizonte que se escondía entre grises.”
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