Aquí la ficción se vuelve realidad, y la realidad se vuelve sueño, en una parábola, donde las lenguas y las profecías danzan solas, huyendo siempre un poco del intento de fijarlas en una foto o de volverlas puramente razonables.
Cuando uno recorre estas páginas se vuelve partícipe del juego de espejos porque hay algo de cada uno en el misterio que transita el texto: ¿quién no escuchó esas canciones?
¿Quién no la escucha aún detrás de todas las canciones que las prosiguieron? ¿Quién no tuvo alguna abuela amada, o un tío misterioso, o un muñeco mitad humano mitad trapo, o un miedo pánico ante una rendija que descubre repentinamente la cercanía de aquello que más se teme?
Cuando uno recorre estas páginas se vuelve partícipe del juego de espejos porque hay algo de cada uno en el misterio que transita el texto: ¿quién no escuchó esas canciones?
¿Quién no la escucha aún detrás de todas las canciones que las prosiguieron? ¿Quién no tuvo alguna abuela amada, o un tío misterioso, o un muñeco mitad humano mitad trapo, o un miedo pánico ante una rendija que descubre repentinamente la cercanía de aquello que más se teme?
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